Este cuento es un poco más largo, así mientras lo leen se olvidan un rato del calor...
Girando
La casa tenía unos ladrillos rojos brillantes y largos. Largos, extensos, infinitos. Cada ladrillo tenía la extensión de toda una pared, como si fuera un tronco de un árbol. ¿Dónde crecerían ladrillos como esos?
—¿En qué piensas? —sonó la voz de Susana a su lado.
Raúl le sonrió.
—Los ladrillos, ¿no te parecen extraños? Es como si fueran un solo bloque horizontal.
—Solo están muy bien pegados —ella se encogió de hombros.
—Pero mira que pase los dedos y… aún en las esquinas es como si doblaran…
Susana lo golpeó cariñosamente en el hombro.
—No me vengas con tus peros, eh —suspiró—. Esta casa es perfecta, justo lo que estamos buscando y además tiene un pequeño cuarto precioso, como si hubiera sido preparado para un niño.
Raúl la vio acariciarse la panza, todavía plana mas llena de esperanzas.
—Está bien, si a ti te gusta —la abrazó y buscó sus labios.
—¡Aquí están!
Raúl maldijo por lo bajo al joven vendedor que se les acercaba.
—¿Y? ¿Qué piensan? ¿Acaso no es perfecta para una joven pareja —le guiñó el ojo a Raúl—, para empezar una familia?
Girando