Desayuno

   Hola, les dejo otro cuento; se basa en la poesía "Palabras" de Jacques Prevert y espero que les guste.

Desayuno

       Echó café. Sin mirar. El líquido llenó la taza casi hasta el borde, el resto fue sólo vapor. Puso la jarra otra vez en la cafetera. La luz no estaba encendida, hacía tiempo que se había roto.
Echó leche. Tan fría que casi podían oírse las quejas del café. La taza ahora estaba al límite, pero no se volcó. Nunca se volcaba. La leche podía caer dentro como una catarata convulsionada, debatirse entre sus paredes curvas; pero nunca sobrepasaba los bordes.
Parado junto a la mesa, sumergido en su silencio: él echó leche en la única taza de café sobre la mesa. Sobre la mesa sin mantel, que llevaba todas las marcas que registra la madera. Al igual que los círculos de un tronco cortado, se podían leer los años transcurridos en aquella mesa. La taza permanecía sola sobre ella, en un extremo, contemplando soberanamente el resto de la superficie. Entonces apareció la azucarera, destapada y ostentando su doble asa. Él la trajo desde la alacena y la apoyó junto a la taza, sin llegar a rozarla, pero invadiendo claramente su intimidad. Sentí un escalofrío al observarlo.
    Casi tan blanca como la leche, pero no tan fría, cayó el azúcar. El café se sintió atacado nuevamente, justo cuando por fin se había hecho uno con la leche. El azúcar caía como fina nieve que se disuelve al primer contacto. Las cucharadas de azúcar fueron tres, siempre habían sido tres: y esa mañana no fue distinto. El azúcar fue bienvenido por el café y la leche, como dos padres que reciben alegres a su hijo.
Con la misma cuchara con la que dejó caer el azúcar, volvió a la mesa; luego de guardar la azucarera. La taza estaba otra vez sola, pero ya no era la misma. Se había vuelto más importante, porque su contenido mejoraba a cada momento: ahora tenía mucho más que ofrecer. La cuchara se sumergió en la taza de café con leche, que seguía sin volcarse.
Con la misma tranquilidad con que había servido cada uno de sus ingredientes, lo revolvió todo. Ya no quedaban esperanzas para que alguno de ellos se separara. La cuchara giró dentro de la taza, respetó todas sus paredes y salió casi seca. Instantáneamente viajó hacia la pileta; y quedó ahí, usada, abandonada.
Entonces, él comenzó a beber. Aún sentado enfrente de mí, sus ojos no me miraban. La taza subía y bajaba, acompasada por los movimientos de las agujas del reloj. Ya eran casi las ocho y media, no quedaba mucho tiempo.
Como si hubiera captado mi mirada de reojo al reloj, dejó la taza sobre la mesa. Pero estaba vacía, tan vacía como el resto de la mesa; estaba sola en la mesa, tan sola como la cuchara dentro de la pileta. Sentí un escalofrío al pensarlo, y me volví hacia él para ver si seguía allí.
Continuaba sentado a la mesa, frente a la taza vacía sobre la mesa desnuda, sin hablar, sin mirar. Se inclinó hacia un lado como si fuera a levantarse, pero fue sólo una amenaza. Sacó algo de su bolsillo, pero no lo puso en la mesa. Su mirada se mantenía baja, y yo me preguntaba si sus ojos todavía estaban allí, en ese rostro oculto.
Encendió un cigarrillo. Su luz era más brillante que la que provenía de las ventanas. Su cara otra vez estaba oculta tras el vapor. Ya fuera del café, ya fuera del cigarrillo, una aureola de humo lo cubría y por un momento pensé que siempre lo había visto así, como entre sueños. Y tal vez lo fuera, por lo extraño, lo inasible, lo silencioso.
Los anillos de humo se elevaban sólo sobre él, no se animaban a cruzar la soledad de la mesa. La mesa que sólo tenía una taza, la mesa que estaba vacía en uno de sus extremos. Su mano se alargó hacia una mesita adjunta y extrajo un elemento brillante que opacó la taza cuando lo puso a su lado. La taza que él había usado, la que había dejado desnuda y vacía sobre la mesa. No volvería a tocarla por hoy.
Con tanto cuidado como había dejado caer la leche, roció de cenizas el cenicero. Las volcó distraídamente, con su mirada fija. Su mirada fija lejos de mí. La ceniza consumió al cigarrillo, y él seguía sentado frente a mí, sin hablar. Como en una película muda, me esmeraba en encontrar las palabras impresas en algún lado, pero no estaban allí. Tal vez en sus ojos viera una respuesta, pero él los mantenía lejos de mí. ¿Cómo haría para no verme ahora que el humo se esfumaba? Ya no había café, ya no había cigarrillo. Sólo yo estaba allí. Sentí escalofríos al notarlo.
Se levantó; sin mover la silla, sin tocar la mesa, y todavía sin hacer ruido. Sus movimientos eran lentos. Su cabeza ahora estaba erguida, con los ojos mirando al frente; pero él ya no estaba frente a mí. Su espalda era como un desierto.
Se disponía a salir, a ese día horrible, adonde llovía tan fuerte que era imposible escuchar algo, ni siquiera las gotas sobre el cristal. Él no miró hacia las ventanas.
Como si la puerta no existiera, él atravesó el umbral; dejando sólo cenizas atrás.
El desayuno había terminado.
Cubrí mi rostro con mis manos. Como si quisiera esconderme, ¿de quién?; si ya no había nadie más allí.
Sabía que la lluvia continuaba allí afuera, y la odié. La odié por todas esas lágrimas que ella podía derramar y yo no. Entonces mis ojos, absurdamente secos, se rebelaron.
Y lloré.


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Narrador protagonista: es una figura donde el narrador coincide con el personaje principal de la narración. Este narrador, por naturaleza, es un narrador limitado ya que sólo conoce una parte de los hechos y los describe desde un punto de vista subjetivo.
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