El monstruo

Domingo otra vez, y con pronóstico de lluvias. Nada más lindo que quedarse en casita escuchando música, haciendo alguna tarea postergada o leyendo. Para esta última opción, les dejo un cuento.

El monstruo

     —Ella está en su habitación —murmuró Julián.
El doctor asintió y, en puntilla, se acercó a la puerta que ya conocía. La rozó levemente con la punta de los dedos.
La puerta se abrió segundos después, y una niña de unos nueve años le invitó a entrar. El doctor la siguió en silencio, luego de cerrar la puerta.
La niña, que llevaba unos extraños anteojos oscuros, se sentó en una cama, ésta era tan blanda que ella se hundió casi hasta los hombros al sentarse. El doctor lo hizo en una silla cercana mientras miraba las paredes estaban recubiertas de material aislante.
El doctor sacó con cuidado una libreta del bolsillo de su sobretodo y escribió una pregunta. La niña tuvo un escalofrío cuando la lapicera surcó el papel. El doctor le mostró la hoja.
—Estoy bien —susurró Milagros—, ¿tiene ya el resultado del examen? ¿Cuál es?
     El doctor tenía que hacer grandes esfuerzos para oírla, pero esta vez casi no era necesario. Conocía la pregunta. Movió levemente la cabeza en negativa. Milagros lo miró en silencio; luego, sin decir otra palabra, le señaló la puerta.
El doctor reprimió un suspiró y se levantó con cuidado. Caminó en puntillas hasta la puerta y la abrió con sigilo. Miró una vez más a la niña en la cama antes de cerrar la puerta.
Julián lo esperaba en la sala y se acercó a él apenas lo vio.
—¿Dijo algo? —murmuró.
—No —suspiró el doctor—, creo que lo esperaba.
Julián se dejó caer en un sillón, pero con tanto cuidado que parecía un acto ensayado. El doctor apoyó una mano en su hombro.
—Lo siento —farfulló—, tal vez en unos años…
Julián se permitió un pequeño suspiro.
—Ella me dejará —susurró sin levantar la vista.
—No hay motivos para pensar eso —murmuró el doctor—; su salud es excelente, más allá de su peculiar condición.
—No —murmuró Julián—, no ella; sino Paula, mi mujer. Ya está en el límite y ésta era su última esperanza. Es demasiado para ella. No sabe lo difícil que fue para ella concebir, sin el tratamiento hubiera sido imposible…
El doctor dudó.
—Yo no debería preguntar, pero, ¿por qué se arriesgaron a la manipulación? ¿Para qué, si no hay antecedentes de enfermedades graves en sus familias?
Julián se retorció los dedos.
—Al principio, Paula quería el bebé perfecto ya que tal vez sería sólo uno; y yo quise complacerla —Julián miró hacia la habitación donde estaba Milagros—. Primero elegimos el sexo y luego el color de los ojos. Tiene unos ojos muy bonitos, ¿sabe? Luego nos ofrecieron mejorar sus sentidos y nos dijimos, ¿por qué no? Le estaríamos dando una ventaja…
El doctor negaba lentamente con la cabeza.
—Pero en vez de eso creamos un monstruo.
—No diga eso —le amonestó el doctor—. Es una niña, su hija, sólo es muy sensible.
—¿Sensible? —Julián sonrió con amargura—. Poder oír a kilómetros, ver casi a nivel microscópico, hablar tan alto que… ¿a eso llama usted sensible?
—Hombre, trate de calmarse. Usted sabe que la ciencia avanza constantemente, ya se encontrará algo. Paciencia.
—Pero ella ya no puede soportarlo, se irá. Se irá y me dejará solo con Estela.
—Déle tiempo —dijo el doctor dándole una palmadita en la espalda—, dése tiempo usted también.
El doctor se dirigió hacia la puerta principal y Julián lo tuvo que acompañar. Una vez que se fue, Julián suspiró tímidamente de nuevo y se encaminó a la pieza de Milagros, era casi la hora de la cena.
Rozó la puerta, pero ésta no se abrió. La rozó otra vez y vio que deslizaban una nota a través de una rendija por donde solían comunicarse con su hija. Julián la abrió y leyó:
“Te oí. Vete con ella. El monstruo también ha decidido partir.”
Julián rompió a llorar, tragándose las lágrimas y no haciendo mucho ruido.
Dentro de la habitación, Milagros al principio tapó con las manos sus adoloridos oídos. Luego los liberó y se sacó también los anteojos, y comenzó a quitar el revestimiento de las paredes.
Las lágrimas de Julián corrían calientes por sus mejillas, pero no tanto como las gotas rojas que caían de las orejas de su hija; mientras ella, por primera vez, se permitía elevar su propia voz y llorar.




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