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Vacaciones

Hola, ¿cómo están? Ya estamos en la primavera y a punto de entrar en el último trimestre del año. No sé en los demás países del hemisferio sur, pero aquí en Argentina, alrededor de esta fecha, ya empezamos a pensar en las vacaciones de verano.
De ahí el título del siguiente cuento.

Vacaciones

—Deja ya de intentarlo —dijo Lucía, sentada en la playa.
Tomás no le prestó atención y continuó tratando de encender el fuego.
—La madera está demasiado húmeda —dijo Lucía—, hasta yo sé eso.
Tomás gruñó y encendió otro fósforo. Lucía se tendió en la arena y cerró los ojos. El sol era fuerte, y el cielo estaba despejado.
—Terminarás gastando todos los fósforos —dijo ella luego de un rato—; y, ¿qué haremos cuando llegue la noche? No sabemos si nos rescatarán antes de eso.
—¡¿Rescatar?! —saltó Tomás tirando el fósforo inútil—. ¿Y cómo crees que nos van a rescatar si no enciendo este fuego? Esta isla no estaba en ningún mapa. —Sacó otro fósforo, pero se rompió cuando quiso raspar la caja—. Crees que esto es un día de playa, pero es serio. No sabemos dónde estamos, no tenemos comida…
Tomás abrió la caja de fósforos otra vez, sólo quedaban cinco; tomó uno. Lucía dejó pasar unos momentos antes de volver a hablar.
—Saben que veníamos en esta dirección, se darán cuenta de nuestra ausencia cuando no devolvamos el bote.
—¿Quiénes saben? —murmuró Tomás casi para sí mismo—. ¿Ese viejo decrépito de la casa de botes? Aunque no sé por qué le llamo casa, sólo había dos botes, uno solo que servía… ¡Ese viejo no debe saber ni en qué día vive!
—No es tan viejo —murmuró Lucía, casi adormilada por el sol.
—¡Maldición! —dijo Tomás y tiró otro fósforo inservible a la arena—. Es un viejo borracho, ¿acaso no lo oliste? Debe de estar tirado en el piso de esa mugrienta cabaña, inconsciente.
Lucía suspiró.
Tomás sacó otro fósforo y le dedicó una larga mirada antes de encenderlo.
—Hoy íbamos a cenar con Mario y Fabiana —dijo Lucía.
—¿Cenar? ¿Eso es en lo que estás pensando? ¿Eso te parece importante ahora? Bueno, aquí no podrás cenar nada, no sé si recuerdas que te dije que no tenemos nada para comer.
—Sólo decía que ellos se darán cuenta de nuestra ausencia —dijo tranquilamente Lucía.
—¡Claro! Y deberíamos esperar hasta la hora de la cena, ¿no? ¿Sabes cuánto falta para eso? —Tiró otro fósforo desperdiciado—. Y, ¿de qué importa que salgan a buscarnos en la noche si no tenemos una fogata encendida?
Tomás abrió de nuevo la caja de fósforos, ya sólo quedaban tres. Suspiró y levantó la vista.
El mar se elevaba inmenso frente a él. Inmenso y vacío. Miró su reloj, si el agua no lo había dañado entonces faltaban cinco horas para la cena con sus amigos. Sólo una para devolver el bote.
—Pero ese viajo debe estar totalmente ido —musitó.
Miró otra vez los fósforos restantes y suspiró. Sacó otro.
Esa vez, por unos tímidos segundos, creyó que prendía. Le pareció ver unas chispas allá en el fondo, escondidas dentro del pilón de madera. Ahuecó las manos en torno a ellas para protegerlas del viento y se acercó con cuidado, como alguien que se inclina a ver a un recién nacido. Contuvo la respiración.
—¡La de la agencia de turismo! —saltó Lucía.
Tomás dio un brinco y miró desconcertado a su esposa.
—¿Qué? —dijo débilmente, pero sin esperar respuesta volvió a mirar su pilón de madera, nada brillaba allí que no fuera humedad salada.
—La de la agencia de viajes —continuó Lucía—, nos tenía que llamar para coordinar la excursión de mañana. Seguro que ella da la alarma, es una mujer muy simpática.
Tomás miró a su mujer y luego tomó la caja de fósforos.
—Idiota —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Lucía, pero él no contestó.
Ella se dio vuelta para broncearse la espalda.
Tomás miró durante un largo rato los dos últimos fósforos. Con mano temblorosa sacó el anteúltimo. Tardó en encenderlo, y cuando lo hizo lo llevó con cuidado hasta la madera.
Nada. Esos pedazos eran más estériles que el desierto.
Tomás suspiró profundamente, Lucía había comenzado a roncar. Él volvió la vista hacia el mar, y la mantuvo tanto tiempo allí que creyó ver que algo se movía entre las olas. Volvió a la realidad y a su caja de fósforos, que ahora sólo tenía uno. Sacudió la caja mientras pensaba, pero no se decidía a abrirla.
—Sólo uno más —musitó y volvió a mirar al mar.
Allí estaba de vuelta aquello, se movía y estaba más cerca, parecía un barco. Tomás se puso de pie y caminó hacia la orilla.
Sí, había algo allí, era un bote que iba hacia ellos. Se sintió tan alegre que no pudo moverse. El único sonido era la marea y los ronquidos de su mujer. El bote se acercaba con pereza y pronto Tomás pudo ver que había una sola persona a bordo.
Tomás se adentró en el mar sin molestarse por las botamangas de los pantalones. Ya casi podía distinguir a la persona en el bote. Era un hombre mayor.
—¡Es el viejo! —murmuró—. El viejo del alquiler de bote.
Se adelantó unos pasos más y sonrió alzando la mano.
—¿Dónde está el bote? —bramó el viejo—. Ya se cumplió la hora.
—El bote se rompió —gritó a su vez Tomás—, se hundió y tuvimos que…
—¿Rompieron mi bote?
—Chocamos con una rocas —explicó Tomas—, no fue un golpe fuerte pero el bote…
—¡Malditos turistas! —gritó el viejo tomando nuevamente los remos—. Rompen todo, ensucian todo, pero yo les haré pagar por mi bote, les enviaré la cuenta al hotel. ¡Malditos turistas!
—¡Espere! —dijo Tomás, pero el viejo ya se alejaba, remando con fuerza—. ¡Espere! No tenemos cómo irnos de aquí, ¡por favor! ¡Debe ayudarnos!
—¡No se puede ayudar a los turistas! —gritó el viejo sin volverse—. Vienen y rompen y ensucian y pisotean.
—¡Espere! —gritó Tomás otra vez, pero el viejo ya no le oía.
El bote desapareció de su vista.
—Al menos avisará al hotel —murmuró Tomás—, ellos vendrán a buscarnos.
Sacudió la caja de fósforos mientras pensaba.
—Debo encender el fuego.
El ruido del último cerillo repicaba junto con las olas, en el fondo se oía un leve ronquido.




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Narrador protagonista: es una figura donde el narrador coincide con el personaje principal de la narración. Este narrador, por naturaleza, es un narrador limitado ya que sólo conoce una parte de los hechos y los describe desde un punto de vista subjetivo.
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