¡Feliz 2011!
Primer cuento del año. ¿Qué más necesita para ser especial?
Primer cuento del año. ¿Qué más necesita para ser especial?
Las escaleras
Las escaleras bajaban. ¿O subían…? Bajaban, bajaban. No recordaba previo a aquel despertar en esas escaleras vacías, pero estaba segura de que debía bajar. Entonces, bajó.
Las luces se prendían automáticamente cada vez que se acercaba a un nuevo piso. Aunque no supiera cuál era. No había indicaciones de ningún tipo, por lado alguno. Y ninguna de las puertas que había probado se abría. Luego de un rato, giró la muñeca hacia sí misma. El gesto fue tan automático que le llevó unos segundos darse cuenta de que no llevaba reloj. ¿Qué raro? Si no se lo sacaba siquiera para bañarse. Tal vez se le había salido cuando se cayó en las escaleras. Al menos creía que se había caído, ello parecía indicar el golpe que hacía que le doliera tanto la cabeza.
Se asomó por el hueco de las escaleras a mirar hacia arriba y consideró regresar a buscar el reloj. Si es que en verdad se le había soltado, lo que era improbable. Tal vez se rompió con el golpe, cuando se cayó… Se frotó la frente confundida. Sabía que se había caído, pero cada vez estaba menos segura. También dudaba sobre la cantidad de pisos que había bajado. ¡Qué tonta! No los había contado.
Se sentó en uno de los escalones a pensar. La luz se mantenía prendida. Luego de un largo rato, en el silencio, emergieron ruidos. Aguzó el oído. Eran pasos. Tenues, lejanos, pero eran pasos. Se asomó nuevamente al hueco, no veía a nadie, ni hacia arria ni hacia abajo. ¿Y cuántos pisos había allí? Tampoco se observaba el final de ninguno de los dos extremos.
Las luces se prendían automáticamente cada vez que se acercaba a un nuevo piso. Aunque no supiera cuál era. No había indicaciones de ningún tipo, por lado alguno. Y ninguna de las puertas que había probado se abría. Luego de un rato, giró la muñeca hacia sí misma. El gesto fue tan automático que le llevó unos segundos darse cuenta de que no llevaba reloj. ¿Qué raro? Si no se lo sacaba siquiera para bañarse. Tal vez se le había salido cuando se cayó en las escaleras. Al menos creía que se había caído, ello parecía indicar el golpe que hacía que le doliera tanto la cabeza.
Se asomó por el hueco de las escaleras a mirar hacia arriba y consideró regresar a buscar el reloj. Si es que en verdad se le había soltado, lo que era improbable. Tal vez se rompió con el golpe, cuando se cayó… Se frotó la frente confundida. Sabía que se había caído, pero cada vez estaba menos segura. También dudaba sobre la cantidad de pisos que había bajado. ¡Qué tonta! No los había contado.
Se sentó en uno de los escalones a pensar. La luz se mantenía prendida. Luego de un largo rato, en el silencio, emergieron ruidos. Aguzó el oído. Eran pasos. Tenues, lejanos, pero eran pasos. Se asomó nuevamente al hueco, no veía a nadie, ni hacia arria ni hacia abajo. ¿Y cuántos pisos había allí? Tampoco se observaba el final de ninguno de los dos extremos.
Las escaleras