Les dejo otro cuento. Estoy un poco triste y no se me ocurrió ninguna introducción.
Vivir en libertad
La armadura emitió un leve resplandor cuando los últimos rayos del atardecer la rozaron. El guerrero le dio la espalda a la ventana sin cristales. Se colgó su espada, levantó su escudo, y caminó con pesadas zancadas hacia la puerta principal del castillo. El rumor en los pasadizos, mezclado con el chirriar de la armadura, se iba apagando con su pasar.
Finalmente, la sala sucumbió al silencio cuando el guerrero llegó ante el portón. Un gemido saltó a su izquierda cuando éste estiró el brazo para abrir la puerta. Él miró a su costado, su joven esposa se tapaba la boca con una mano, con la otra acariciaba su vientre. El guerrero apretó la mandíbula, bajó la visera del casco y abrió la puerta.
Su caballo lo esperaba fuera, custodiado por un viejo escudero. El guerrero tomó las bridas y montó sin soltar el escudo. Giró en redondo con su montura, enfrentó a un ejército, desenvainó la espada y la alzó.
―¡Salve el rey! ―aulló la multitud.
La reina tembló con el clamor y corrió a refugiarse en las profundidades del castillo. Su esposo no la vio; sino que envainó la espada, avanzó hacia su general y murmuró:
Finalmente, la sala sucumbió al silencio cuando el guerrero llegó ante el portón. Un gemido saltó a su izquierda cuando éste estiró el brazo para abrir la puerta. Él miró a su costado, su joven esposa se tapaba la boca con una mano, con la otra acariciaba su vientre. El guerrero apretó la mandíbula, bajó la visera del casco y abrió la puerta.
Su caballo lo esperaba fuera, custodiado por un viejo escudero. El guerrero tomó las bridas y montó sin soltar el escudo. Giró en redondo con su montura, enfrentó a un ejército, desenvainó la espada y la alzó.
―¡Salve el rey! ―aulló la multitud.
La reina tembló con el clamor y corrió a refugiarse en las profundidades del castillo. Su esposo no la vio; sino que envainó la espada, avanzó hacia su general y murmuró:
Vivir en libertad